La locutora radical y Diputada Nacional Alejandra Martinez publicó a mediados de diciembre un artículo que da vueltas alrededor de una alternativa de hierro: «Democracia o Fascismo» de resultado cantado ya que muy pocos elegirían el fascismo como la forma en la que prefieren ser gobernados, artículo modesto pero, a nuestro entender, con pies de barros en su argumentario.
El sofisma que construye Martinez, en buen romance, parte de afirmar muy suelta de cuerpo que quienes se oponen a su jefe (Morales) están «denigrando a la actividad política en su conjunto» por el solo hecho de oponerse al «Restaurador» Morales. La representante del pueblo jujeño en el Congreso Nacional parece ignorar la relación entre oposición, democracia y política en el occidente de principios del siglo XXI?.
La redacción de esta página recoje el guante que arroja Martinez ya que el resto de los medios se han alineado a las pautas publictarias nacional y provincial (la otra Ley de Medios) y dice que la militancia radical jujeña debe preocuparse mas por la viga en sus propios ojos que de la paja en el ojo ajeno.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en la Opinión Consultiva 6 del 9 de mayo de 1986, emitida ante una consulta del Gobierno de la República Oriental del Uruguay, establece un marco protectorio de los derechos que exige a los Estados miembro de la Convención el respeto de los “atributos inviolables de la persona”, para lo cual cualquier tipo de restricción debe hacerse por ley. No porque una ley sea garantía absoluta para impedir la vulneración de los derechos, sino por implicar un procedimiento que reduce significativamente esta posibilidad.
La CIDH explica que esto es así porque: “A través de este procedimiento no sólo se inviste a tales actos del asentimiento de la representación popular, sino que se permite a las minorías expresar su inconformidad, proponer iniciativas distintas, participar en la formación de la voluntad política o influir sobre la opinión pública para evitar que la mayoría actúe arbitrariamente.”
La “invitación” que en su momento formuló el vicegobernador de Gerardo Morales para que los integrantes de las fuerzas peronistas de oposición se sumen al bloque legislativo que responde al dirigente radical iba en linea recta a aniquilar los límites al ejercicio del poder público estatal, al eliminar los necesarios disensos y disconformidades de las minorías que fueron elegidas, justamente, para cumplir con esta misión. Esto es así porque de actuar con arreglo al pedido del vicegobernador del gobierno radical, sólo quedaría en pie un bloque mayoritario. Un partido único, en definitiva.
El vicegobernador de Gerardo Morales informa su más profundo desprecio a la ciudadanía jujeña, comunicando a cada votante que la voluntad expresada democráticamente en los comicios es menos importante que sus ambiciones personales. Decenas de miles de jujeñas y jujeños que eligieron una representación distinta a la de Morales, serían defraudados en su elección, y por el servil capricho del vicegobernador se transformarían en oficialistas “de facto”. Semejante pretensión negadora de las voluntades de las minorías dio lugar en el pasado a los fenómenos totalitarios y sus trágicas consecuencias. recogida esto de la experiencia humana y alejado de las exageraciones.
Para evitar nuevos disparates por parte de una dirigencia precozmente empachada del poder, es que algunos dirigentes justicialistas jujeños impulsaron y obtuvieron la intervención del Partido Justicialista. Cuando finalmente esta idea libertaria se impuso se frustró el objetivo de alterar la voluntad de la ciudadanía expresada en las urnas que en los actuales tiempos de la democracia equivale a una proscripción, la diferencia con la padecida en el pasado radica en el tiempo de su implementación.
La redacción lo discutió y no duda en afirmar que en el momento que Carlos Haquim dejó de ser democrático, también dejó de ser peronista. Y viceversa.
El derecho a la oposición es un rasgo constitutivo de la democracia contemporánea que sólo fue posible después de un largo proceso histórico en el que se combatió a la autocracia y a la exclusión política; este derecho se hizo realidad una vez que se reconoció la legitimidad del disenso. Así, el consenso, que es producto del diálogo racional y el convencimiento entre interlocutores políticos, tiene en el disenso libre su contraparte lógica. No hay democracia si se elimina la oposición.
Morales y Haquim (y Alejandra Martinez) pueden darse el lujo de olvidar los otros intentos de eliminar el disenso desde el peronismo. Como olvidar desde el peronismo los bombardeos de 1955 contra una ciudad abierta e indefensa, los derrocamientos, los encarcelamientos, las exoneraciones, las proscripciones, los exilios, la perdidas de las cátedras de los profesores universitarios peronistas, las ejecuciones sumarias de junio de 1956, la prescindibilidad laboral, la separación de los lugares ganados con esfuerzo y concursos libres, la tortura, la persecución terrorista a la resistencia política y sindical peronista y no peronista, los treinta mil desaparecidos?.
La intervención del Partido Justicialista no es, sin embargo, algo que sólo importe a sus afiliados y simpatizantes. Es el primer e imprescindible paso para que la sensatez republicana prime de nuevo en Jujuy, para garantizar que la representación popular de las minorías obstaculice las actuaciones arbitrarias del poder, tal como lo estableció hace décadas la CIDH, pocos años después de que en nuestro país recuperáramos la democracia, la que no estamos dispuestos a traicionar de ninguna manera, mucho menos a pedido de alguien que traiciona a su pueblo, a las leyes y a su propia historia.
La intervención al Partido Justicialista no envía la tentación totalitaria del Partido Único a la Fosa del Pacifico. Ese es el fascismo del que tenemos que cuidarnos los jujeños y las jujeñas, porque el fascismo está en el presente y en el futuro, no lo vamos a conjurar yendo hacia el Unicato y, a la vez, condenando retóricamente al pasado. Con el «fascistometro» hay que medir a los oficialismos en ejercicio, si no es mera demagogia.